Artículo escrito por Dante López Raggi
Cambalache:
En Argentina, en los últimos años se ha producido una
alteración de las doctrinas políticas que anteriormente se definían de manera
clara, como el peronismo, comunismo, liberalismo, etc. En la actualidad,
presentan múltiples interpretaciones individuales, desestimando los
preconceptos y preceptos clásicos que las fundamentan y conservan en el tiempo
universal.
Recientemente, diversos movimientos políticos e
ideológicos, incluyendo el movimiento LGTBIQ+, sectores de la izquierda y algunos
sindicatos que conforman la Confederación General del Trabajo, han organizado
una manifestación para expresar su rechazo a las recientes declaraciones del
presidente Javier Milei en Davos.
En las invitaciones a dicho evento, se destaca el
siguiente título: "marcha federal del orgullo, antifascista y antirracista",
lo que resalta dos conceptos importantes: el fascismo y la cuestión racial. Es
decir, se está acusando al presidente y a su gestión política de ser fascistas
y racistas; sin embargo, esta interpretación representa un grave error tanto
analítico como conceptual.
Para ilustrar este punto, se utilizará el término
"fascismo" con el fin de aclarar por qué el gobierno de Javier Milei
no se puede clasificar de tal manera.
Una camisa negra sobre Roma:
El movimiento fascista emergió en las sociedades
europeas impactadas por la Primera Guerra Mundial (1914-1918). En aquel marco,
D’Annunzio ocupó Fiume de manera violenta. En 1920, D’Annunzio, en colaboración
con el sindicalista Alceste de Ambris, redactó una constitución llamada “La
carta de Carnaro”, estableciendo un régimen singular en Fiume.
Durante ese tiempo, hubo un individuo llamado Benito
Mussolini, quien en 1919 restableció el fascio de Milán. Tal término se
utilizó para referirse a una nueva ideología, el fascismo, que fue adoptada por
los partidarios de Mussolini. De ese modo, el 7 de noviembre de 1921 se
estableció el Partito Nazionale Fascista (Partido Nacional Fascista),
férreamente opositor al liberalismo y socialismo.
En 1922, los fascistas, o mejor conocidos con el
nombre de “Los Camisas Negras”, protagonizaron la Marcha sobre Roma, tras la
cual el rey Víctor Manuel III decidió entregar el poder a Mussolini. Ante lo
cual, comenzó un nuevo proceso en Italia con diversos cambios económicos,
políticos y sociales.
En aquella
nueva etapa histórica, se observó que la gobernación de Benito exhibió un
marcado carácter antiliberal, lo que hace pertinente llevar a cabo una breve,
pero precisa comparación entre ambas doctrinas.
Principalmente, el fascismo implementó un modelo de
dirigismo económico, caracterizado por la intervención estatal en la economía.
Este enfoque implicó que la gerencia política subsidiase a las empresas que
consideraba favorables, con el fin de ejercer un control significativo sobre
las decisiones de inversión, es decir que, aunque se fundamenta en la propiedad
y la iniciativa privada, estas se encuentran supeditadas a los intereses estatales.
El historiador Gaetano Salvemini argumentó en 1936 que esta ideología
responsabiliza a la empresa privada ante los contribuyentes porque "el Estado
paga los errores de la empresa privada. [...] La ganancia es privada e
individual. La pérdida es pública y social"
Lo cual, se estableció el conocido Estado Corporativo;
dicho modelo socioeconómico sostenía que las instituciones socioeconómicas y el
propio Estado preceden al sujeto y sus elecciones. En tal sentido, el bienestar
social está condicionado por la consecución de los objetivos estatales, lo que
implico que las necesidades individuales se subordinasen a los del régimen
político en su totalidad. A esto, Benito lo definió de la siguiente manera: “Una
sociedad que funciona con la armonía y precisión del cuerpo humano; así pues,
todos los intereses e individuos se subordinan al objetivo supremo de la nación.”[1]
Asimismo, dentro de la órbita administrativa, se
establecieron organizaciones laborales bajo la supervisión directa del régimen,
donde la membresía era obligatoria. Los líderes de tales organizaciones eran
nombrados por el partido en el poder, en lugar de ser elegidos por los propios
afiliados. Dichas entidades se presentaban como una nueva clase de sindicatos
destinados a conciliar los derechos de los trabajadores con los de las
empresas.
Quien se encargaba de aquellas tareas fue el Consejo
Nacional de las Corporaciones, organismo que tenía el fin de coordinar las
actividades de los distintos sectores económicos y regulaba las relaciones
laborales, elaborando directamente los convenios colectivos o arbitrando,
mediante decretos obligatorios, los conflictos. La acción del Estado se
concretó ante todo en la Opera Nazionale Dopolavoro (Obra Nacional de
Descanso), creada el 1 de mayo de 1925 bajo la tutela del Ministerio de
Economía y luego (1927) de la secretaría del Partido Nacional Fascista.
Ante su desarrollo, el Corporativismo y la acción
social gubernamental se convirtieron en las alternativas al capitalismo
liberal. Ya lo dijo Mussolini: “El Estado Liberal es una máscara detrás de
la cual no hay rostro; es un andamio detrás del cual no hay ningún edificio”.
También denunció duramente el libre mercado, lamentándose de “la
búsqueda egoísta de la prosperidad material”, en consecuencia, pidió a sus
seguidores que “rechazaran la literatura economicista de Adam Smith”.[2]
Por lo que, si se realiza una diferencia, las ideas
liberales y el desarrollo económico, desde sus inicios, provocaron un
desplazamiento de la riqueza, en cierta medida, desde la aristocracia clásica
hacia nuevos propietarios privados. Lo que dio lugar a la formación de grupos
con objetivos particulares que pudieron actuar en virtud de empresarios
políticos, facilitando así la aparición de una clase plutocrática que, ajena al
aparato estatal tradicional, se pudo desarrollar en buenas y positivas
condiciones. Quien lo explicó correctamente fue Harold Laski en su libro “El
liberalismo europeo”: “Los orígenes que han contribuido a su formación son
varios, en efecto; pero los que los penetra a todos ellos es el sentido de una
nueva riqueza al alcance de la mano de quien quiera buscarla. Lo que ha nacido
de esa nueva riqueza es una actitud crítica hacia la tradición que a la larga
es fatal para poder de imponer una disciplina sobre los hombres” (1953; 70)
En definitiva, desde su aparición hasta la actualidad,
las ideas liberales, en cualquiera de sus formas políticas, ha tenido de
adversario principal al Estado, dado que han buscado constantemente establecer
mecanismos que impidan su intervención en las relaciones entre los ciudadanos y
en el funcionamiento económico. El mismo Milei expresó que “el Estado es el
pedófilo en el jardín de infantes con los nenes encadenados y bañados en
vaselina”, además de autodenominarse como un topo en la estructura
gubernamental con la intención de destruirlo.
A modo de metáfora, la frase creada por Adam Smith, “la
mano invisible del mercado”, propuso alcanzar el bienestar social máximo en
un entorno de libre mercado, donde las personas persiguen sus propios deseos.
El libre capital es fundamental, ya que, a menor intervención gubernamental, la
economía tiende a alcanzar su equilibrio y bienestar social de manera más
eficiente. Por la ausencia de una autoridad central, la interacción entre la
oferta y la demanda es capaz de establecer un equilibrio económico y determinar
los precios de forma natural, con el objetivo de promover el bienestar humano.
Por ende, los individuos deben comportarse de manera que puedan actuar sin
intermediaciones del Estado y en la búsqueda de su propio gusto y placer.
El
economista John Kenneth Galbraith, en su obra "Historia de la
economía", aunque alineado en el pensamiento keynesianismo, proporcionó
una definición precisa de lo que se expone en el anterior párrafo: “Para
Smith, el incentivo fundamental de la actividad económica es el interés
individual. Su consecución privada y competitiva es la fuente del máximo bien
público. ←
No
hemos de esperar que nuestra comida provenga, dice en su mas celebre pasaje, de
la benevolencia del carnicero, ni del cervecero, ni del panadero, sino de su
propio interés. No apelamos a su humanitarismo, sino a su amor propio
→.
Añade luego que el individuo ←
en
este caso, como en tantos otros, es guiado por una mano invisible para la
consecución de un gin que no entraba en su intención… Jamás he sabido que hagan
mucho bien aquellos que simulan el propósito de comerciar por el bien común.
Por cierto, que no se trata de una pretensión muy común entre los mercaderes, y
no hace falta emplear muchas palabras para disuadirlos de ella →” (1989; 77, 78).
Otro elemento importante a considerar son los gremios
y sindicatos, que tienen el objetivo de proteger los derechos laborales,
funcionando como mediadores entre empleados y empleadores. En el conflicto del
capital y el trabajo, estos defienden los intereses de los trabajadores,
asegurando que los capitalistas no se apropien de todas las ganancias generadas.
Para el fascismo, siempre fueron muy importantes, pero según el liberalismo, el
rol que poseen ha sido considerado un obstáculo, ya que limita la libre
competencia y la existencia de un contrato independiente entre las partes. Dicho
de otro modo, sucede lo que sostuvo Julio Meinvielle: “igualitaria y
disoluble; de la profesión y de la corporación, dejando a un acuerdo libre
entre el patrón y el obrero la determinación de las condiciones de trabajo”[3].
El hombre esclavizado por la falsa libertad:
Otro aspecto a tener en cuenta es la
visión del ser humano y su autodeterminación en el contexto de estas dos
ideologías. Las ideas liberales, desde sus inicios, promovieron un individuo
centrado en sí mismo, orientado hacia el progreso moderno y el crecimiento
económico: “Una concepción individualista desaloja a la concepción
social. La idea de la sanción utilitaria reemplaza gradualmente la idea de
la sanción divina para las reglas de conducta. Y el principio de la utilidad no
se determina ya con referencia al bien social, sino que su significado radica
ahora en el deseo de satisfacer una apetencia individual, dándose por aceptado
que, mientras mayores riquezas posee el individuo, mayor es su poder para
asegurarse esa satisfacción” (Harold J. Laski; 20).
El cambio de la realidad ha sido siempre por el
individualismo en lugar de un enfoque colectivo, generando una tensión entre el
albedrío personal y las normas morales y sociales. A diferencia de la fe, las
tradiciones, el mercado compartido, las relaciones comunitarias, la familia y
una cultura consolidada, se ha impuesto un proceso de acumulación, la
iniciativa individualista, una religión laica, la estratificación social y una independencia
sin límites.[4]
Ergo, el objetivo liberal ha sido y es anteponer al
sujeto como el principio y el fin, dejando de lado la razón social y moral
colectiva. En oposición al leiton ergon, surge el ascetismo comunitario,
donde cada persona actúa según sus propios deseos terrenales, sin considerar el
daño que sus acciones pudieran ocasionar.
Según esta cosmovisión, un sujeto desvinculado de su
comunidad, al acumular riquezas, puede alcanzar la autonomía humana; sin
embargo, tal acción se convierte en una subordinación a los fines del capital,
en lugar de estar orientado hacia la cohesión comunitaria que permitiría
alcanzar la verdadera liberación y resolver las quejas colectivas. Pues ya lo
dijo José Antonio Primo de Rivera: “Cuando hablamos del capitalismo –ya lo
sabéis todos– no hablamos de la propiedad. La propiedad privada es lo contrario
del capitalismo; la propiedad es la proyección directa del hombre sobre sus
cosas: es un atributo elemental humano. El capitalismo ha ido sustituyendo esta
propiedad del hombre por la propiedad del capital, del instrumento técnico de
dominación económica”.[5]
Dicho lo cual, el
liberalismo se caracterizó por establecer una esclavitud del capital sobre el humano,
mientras que el fascismo también ofrece una ilusión de libertad que, en última
instancia, resulta en la explotación y la dependencia humana por parte del Estado. Ya lo dijo
Mussolini: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.
A pesar de que su formación ideológica y política provino por parte del Partido
Socialista Italiano, y que además fue director de “Avanti”, periódico de la
izquierda, es sabido que Benito nunca fue allegado a la mano asesina
estalinista o adepto al masacrador Tren Rojo de Trotsky; aun así, fue un amante
del Estado supremo.
Se quiere
decir que la autodeterminación del sujeto se debía forjar y desarrollar por
dentro de las dimensiones estatistas y no en su comunidad, el mismo Giovanni Gentile, político y
filosofo idealista de tal doctrina, ya lo definió en su corta obra “Orígenes y
doctrina del Fascismo” : “Pero
allí donde, para el nacionalismo, la relación establecida por el liberalismo
individualista y por el mismo socialismo entre el Estado y el individuo se
revierte y concebido el Estado como un principio, el individuo se vuelve un
resultado, algo que tiene su antecedente en el Estado, que lo limita y lo
determina, suprimiéndole la libertad, o condenándolo sobre un terreno en el
cual el nace, debe vivir y debe morir; en cambio, para el fascismo, Estado e
individuo se identifican, o más bien, son términos inseparables de una síntesis
necesaria” (2004; 17).
La explicación indica que, al ser el humano y las
dimensiones estatistas elementos indisolubles que conforman una totalidad, se
puede sostener que constituyen una unidad espiritual. Sumando que el Duce
propuso y discutió el tema: ¿fuerza o consenso?, llegando a la
conclusión de que ambos conceptos son inseparables. Esto implica que la
autoridad del gobierno y la autonomía de los ciudadanos deben coexistir en un
círculo inquebrantable, donde la autoridad se sitúa por encima de la libertad y
viceversa, ya que la verdadera independencia reside únicamente en los
parámetros estatales, los cuales se erigen como la máxima autoridad.
Según Gentile “la conciencia que actúa en la
realidad del Estado, es la conciencia en su totalidad, con todos, los elementos
de los cuales resulta. Moralidad y religión, elementos esenciales de toda
conciencia, no pueden por esto faltar en ella, pero no pueden no ser
subordinados, a la autoridad y ley del Estado, fusionadas en él, absorbidas”
(2004; 21).
Era tan grande la pasión que se sentía por el hombre y
su subordinación al Estado, que el mismo Joseph Goebbels en “Nosotros los
alemanes y el fascismo de Mussolini” escribió lo siguiente: “Persuasión
inmediata, propaganda irresistible; nadie puede sentirse jamás abandonado a si
mismo: el Estado nacional te toma por la mano, te educa, te forma, te recrea;
por una bicosa vas al cinematógrafo, pasas la velada en el teatro, te abonas a
una temporada de conciertos. Tu soledad queda abolida, el Estado es para ti
asistencia, protección; ya no se encarna para ti en la inquietud del agente de
impuestos, se ha convertido ahora en el garante que no te traiciona. La
solidaridad social es de figura grandiosa y llena de majestad. Y no solo para
las generaciones presentes y crecidas, sino también, a beneficio de las
generaciones futuras y a nacer” (1936; 13).
La dominación de la gobernanza era tan intensa en
Italia que los periódicos L'Unità, Avanti y La Giustizia enfrentaron una severa
censura, mientras que otros medios se vieron obligados a cerrar. Solo los
periodistas leales al régimen, afiliados al Sindicato Nacional Fascista de
periodistas, podían ejercer su labor. En tal contexto, la OVRA, Organización de
Vigilancia y Represión del Antifascismo, llevó a cabo persecuciones a líderes
políticos y escritores, entre ellos Antonio Gramsci, Carlo Levi e Ignazio
Silone. Se trae aquí esta información necesaria, porque en nuestros días también
se disparan diversas verborragias conceptuales por parte de la izquierda, para asociar a la gestión cipaya que hoy gobierna la Argentina con el
proceso gubernamental que se está analizando.
Conclusión:
De
forma concisa, se desarrollaron las características más significativas de estas
doctrinas, con el fin de evidenciar que, en el aspecto político, económico y
social, no presentan coincidencias. Sin embargo, ambas corrientes presentan un
punto en común en su enfoque filosófico y metodológico: las dos buscan disociar
al hombre de su comunidad, con el objetivo de someterlo, ya sea al capital en
un caso o a la suprema autoridad estatal en el otro.
Es
fundamental, además de llevar a cabo un análisis comparativo, prevenir las
confusiones ideológicas, conceptuales y doctrinarias que surgen del actual sistema
global moderno; pues gradualmente estamos transformándonos en lo que expresó
Meinvielle: “Las sociedades modernas, que no viven sino con la permanente
preocupación del enriquecimiento, al cual lo subordinan locamente todo,
arrastran una existencia miserable, cargada de pesadas e inevitables cargas.
Son sociedades de esclavos, en que la multitud trabaja para el goce de unos
pocos que usufructúan todos los privilegios; pero una multitud, por otra parte,
sin conciencia de sus verdaderos derechos y de su verdadero bien,
desorganizada, incapaz de exigir ni de reclamar eficazmente nada, embrutecida y
satisfecha con algunos desahogos, tales como el sufragio universal, que le
proporciona ese perpetuo carnaval político del cual conocemos las tristes y
feas consecuencias” (2023; 116).
Hoy el
gobierno de Javier Milei es calificado de “facho”, nazi y racista; ante las
evidentes distorsiones, se impide ser reconocido por lo que realmente
representa: un liberalismo anárquico y apátrida, vinculado al sionismo judaico
internacional. Tal he sostenido en otros escritos, es evidente que su divinidad
no coincide con la de su población; Milei y su séquito gubernamental adoran a
un dios pagano, mundano y lujurioso, que es el dinero. Su patriotismo se
origina en la Jabad-Lubavitch, mientras que su cuna y familia están arraigados
en Wall Street.
Por
ende, el liberalismo y el fascismo son doctrinas opuestas que se encuentran en
una posición de antagonismo. Su comparación ya quedó detallada;
no buscan el totum bene vivere, la plena vida buena, y este choque
ideológico, que solo es una retroalimentación constante, solo genera
separatismos absurdos en la comunidad criolla.
Bibliografía:
Galbraith
Kenneth John, Historia de la economía. Edicion Ariel, S.A.-Barcelona, 1989.
Gentile,
Giovanni, Origenes y Doctrina del Fascismo. Torino, Einaudi, 2004.
Goebbels
Joseph, Nosotros los alemanes y el fascismo de Mussolini. Editorial Kamerad,
1936.
Laski.
J. Harold, El liberalismo europeo. Edición Fondo de cultura económica,
México-Buenos Aires, 1953.
[1] Guerra Hernández Javier, El Estado y
la economía en la Italia fascista.
[2] El
origen socialista del fascismo que marcó profundamente a Hitler y Mussolini,
ABC – 29/04/2020: https://www.abc.es/historia/abci-origen-socialista-fascismo-marco-profundamente-hitler-y-mussolini-202004282341_noticia.html
[3] Meinvielle Julio Concepción Católica
de la Política, 2023; 94
[4] Lopez Raggi Dante, El marrano que
chilla ya está listo para el coleto – Red de estudios y difusión pensamiento
popular
[5] San Roman Garrido Jorge, El
pensamiento económico de Jose Antonio Primo de Rivera y su vigencia
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