La revolución por la independencia cubana estalló un 10 de
octubre de 1868. Fue un proceso violento que duró varias décadas. La misma se
renovó en 1895, cuando las acciones se recrudecieron aún más y la cantidad de
muertos aumentó. Los grandes terratenientes de la parte oriental de la isla
llevaron a cabo el proceso de independencia en sus orígenes. Las masas esclavas
y los pequeños propietarios fueron los que lucharon incesantemente. Luego de
una década de cruentas luchas, y con una situación económica crítica, los
revolucionarios aceptaron la paz con España.
Máximo Gómez llegó a Cuba en 1865, tres años antes del estallido
de la revolución. Gómez era un hombre ávido para la guerra. Se lo describe como
un hombre tosco y rudo, de pocas palabras y estatura mediana. “El arte de la
guerra consiste en saber cómo, por dónde, con qué y en qué número viene el
enemigo” (Bosch, 1955, pag.126)[1],
decía en su amplio conocimiento de la guerra.
Otra figura importante para la revolución, Antonio Maceo,
abandonó su vida y propiedades familiares y comenzó su vida revolucionaria.
Desconocía lo que el destino le depararía bajo el mando de Gómez. Comprendió a
la guerra como ningún otro soldado de la revolución, lo que lo llevó luego a
sustituir a Gómez en la jefatura de un departamento. De Maceo, se cuenta que
fue un hombre muy amable y de excelente trato. No fumaba, ni bebía, como el
común de los hombres de la época. Toda su actitud cambiaba en la guerra. Se
convertía en un hombre duro y de trato estricto. Con un cuerpo lleno de heridas
que en algún momento fueron muy graves, pero que habían logrado sanar por su
fortaleza.
Al entrar con las fuerzas revolucionarias en la ciudad más
Occidental de la Isla, Cuba había logrado la independencia de España. En
diciembre de 1896, Maceo muere en una maniobra sin importancia. El heroísmo y
la entrega del pueblo cubano habían culminado con la independencia del imperio
español. La innumerable cantidad de muertos y la larga lucha, crearon una
identidad patriótica que fue reconocida en otros lugares del mundo. “Sólo los
pobres son buenos revolucionarios” (Bosch, 1955, pag.131)[2],
sostuvo Gómez.
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José Martí |
Aunque Gómez y Maceo fueron los que llevaron a cabo la mayoría
de las acciones militares, fue necesaria una figura que encarnara las ideas, el
espíritu y los valores que el pueblo cubano necesitaba para que llevara a cabo
el proceso independentista. Este fue José Martí, que concibió la guerra de
liberación como un acto de justicia que reivindicaba el derecho de su pueblo a
ser independiente y conseguir una mejor calidad de vida para todos sus
habitantes. El héroe cubano entendía que ninguna obra humana puede perdurar si
no se basa en principios sólidos y valores, dejando en cada uno de sus escritos
enseñanzas indispensables para el desarrollo de cualquier sociedad. Martí vivió
tan sólo cuarentaidós años. Nació y se crió en un modesto hogar de tradición
española inserto en la lógica colonial, el 28 de enero de 1853. No solamente poseía
un don para la poesía y la escritura, sino que logró captar la atención por su
increíble capacidad de oratoria y porte político. Su ideario de justicia lo
llevó a adherirse fervientemente a la causa revolucionaria. Entregó su tiempo,
su talento y su vida entera para lograr la libertad de Cuba. Sería llamado el
“Apóstol” por su dedicación y por la mística que generaba su figura en el
pueblo cubano. Su sacrificio fue tal que lo llevó a abandonar a sus padres,
hermanos e hijo por la causa de la libertad. “No hay más que un modo de
perdurar: y es servir”, rezaba Martí, evidenciando su entrega y dedicación a la
lucha de los oprimidos.[3]
Martí estuvo influenciado por la corriente independentista y
nacionalista de la Revolución de 1868-1878. Pasó once meses preso, dónde fue
obligado a realizar trabajos forzados, lo cual deterioró aún más su salud. En
sus estudios en el exterior, desarrolló sus ideales de libertad y justicia
propios de órdenes sociales más avanzados que el de la colonia cubana.
“El buen gobernante en
América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que
sabe con qué elementos está hecho su país”. (José Martí. "Nuestra
América", p. 159.)[4]
Su
pensamiento busca serle útil a la causa de los oprimidos, y por eso ha sido
siempre útil para quienes intentaron crear un sistema alternativo al de los
opresores, manteniendo plena vigencia y utilidad en la actualidad. Martí
contrastaba constantemente la idea de civilización y barbarie, entendiendo que
las ideas importadas de Europa y Estados Unidos sirvieron al mantenimiento de
los intereses extranjeros y dominantes. Para esto, la educación tenía un rol
fundamental, ya que debía funcionar como instrumento de autodescubrimiento y
liberación. Entendía que el problema no estaba en el pueblo, sino en la
incapacidad de quienes pretendían gobernarlos según leyes y modelos viejos e
importados. La dominación no sólo es por la fuerza sino también por las ideas;
y esto Martí lo entendía bien. Por eso la educación aparecía como una
herramienta fundamental hacia la libertad real.
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Batalla de la guerra de independencia de Cuba. |
Logró
ver en aquella época la aparición del imperialismo de los Estados Unidos, que
se apoyaría en su poderío económico y militar para someter a los demás países a
las exigencias de su propio mercado. Ante esta situación, propondría la idea de
que los gobiernos de América Latina deberían buscar tener relaciones con varias
potencias extranjeras rivales, a fin de evitar que sus economías dependan de un
solo país, evitando ser sometidos a un imperialismo y teniendo margen de
negociación. Lo que plantea Martí es la importancia como país de no quedar
retenido por las exigencias de Estados Unidos.
Según
él, las revoluciones en América no habían logrado una independencia completa,
ya que “la colonia siguió viviendo en nuestras repúblicas”. Las relaciones de
subordinación al indio, al negro y al campesino se mantuvieron. Lo que ve Martí
es que la independencia no logró terminar con la inequidad y la opresión a los pueblos. Se oponía
fervientemente a las ideas de la época que los estudios europeos sobre la
naturaleza humana. Sobre la esclavitud, expresaba:
“El vil no es el esclavo, ni el que
lo ha sido, sino el que vio este crimen, y no jura, ante el tribunal certero
que preside en las sombras, hasta sacar del mundo la esclavitud y sus huellas”
(VALDÉS GALARRAGA, 2002).[5]
Martí se encontraba en Nueva York desterrado de Cuba cuando
comenzó su intensa actividad política. Su actitud de completa amabilidad con
las mujeres y niños, estaba acompañada por un incansable sentimiento heroico
que pretendía definir la historia de la independencia cubana como la epopeya.
Martí creó una consciencia patriótica que empujó al pueblo cubano a la
victoria. Creía que la educación debía ser el instrumento fundamental para la
formación de hombres dignos y útiles a la causa de la patria y de los
oprimidos.
Martí
murió un 19 de mayo de ese mismo año, en una maniobra militar en Dos Ríos. Los
seguidores de todo el continente entero lamentaron terriblemente su pérdida.
Los militares y referentes de la revolución, Maceo y Gómez, intentaron mantener
la lucha y el espíritu que había dejado Martí. El pueblo cubano estaba
inspirado por un mártir, el “Apóstol”, que había sabido representar la epopeya
del pueblo cubano por su independencia, y por la conformación de una República
que realmente representara el valor y la moral de los habitantes del suelo
cubano.
Ya
independizada de España, la Isla había caído en una República esclavizada por
gobiernos entreguistas e infames. Fue el pensamiento de José Martí el que
inspiró las futuras resistencias a la dominación estadounidense y a la
explotación interna que impartían los grandes capitalistas. Inspirando la lucha
de los marxistas de principios del siglo XX, como Carlos Baliño, y Julio
Antonio Mella, y la posterior gesta revolucionaria liderada por Fidel Castro
Ruz, que cambiaría la historia de Cuba y del Continente.
Fuentes:
[1] Juan Bosch, “Cuba, la isla fascinante”,
Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1955, pag. 126.
[2] Juan Bosch, “Cuba, la isla fascinante”,
Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1955, pag. 131.
[3] VALDÉS GALARRAGA, Ramiro (2002). Diccionario
del pensamiento martiano. Editorial de Ciencias, Sociales de La Habana: Cuba.
[4] José Martí. "Nuestra América";
editorial Losada, 1981, p. 159.
[5] VALDÉS GALARRAGA, Ramiro (2002). Diccionario
gdel pensamiento martiano. Editorial de Ciencias
Sociales de La Habana:
Cuba.
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