EE.UU y China: la nueva guerra fría

En la actualidad, la disputa hegemónica de China y Estados Unidos, se traduce en una guerra comercial de proporciones inéditas en la historia mundial. La historia entre ambas naciones presenta un quiebre en 1972, cuando Mao Tse Tung, máximo dirigente del partido comunista de China y fundador de la República Popular China, se reúne con Nixon, aislando a la URSS. En 1978, el comienzo de la apertura y reestructuración económica impulsada por Deng Xiaoping, marcó el proceso económico que da origen a la disputa actual.
De esta manera, China comienza a recibir inversiones extranjeras provenientes en su mayoría de empresas estadounidenses, debido a los beneficios que el gigante asiático representaba para la producción (mano de obra extremadamente barata y un sistema político capaz de controlar cualquier revuelta social, garantizando la estabilidad y el desarrollo industrial a largo plazo. China logró llevar a cabo un proceso industrializador, mientras que Estados Unidos obtuvo productos importados a bajos precios. Las empresas occidentales producían en masa a bajísimos costos en China, invadiendo el mercado mundial de productos baratos producidos por trabajadores chinos.
EE.UU. ha promovido a los ciudadanos de ese país comprar más de lo que venden en el mercado internacional de bienes y servicios, logrando un crecimiento económico mayor en relación al que permitirían los recursos locales. El objetivo de China es mantener un rápido crecimiento de sus exportaciones, un tipo de cambio subvaluado y grandes excedentes de cuenta corriente. En cambio,  EEUU acepta con gusto un dólar sobrevaluado y grandes déficits de cuenta corriente, viviendo más allá de sus posibilidades económicas.


El desajuste entre los fondos domésticos disponibles y la inversión local, condujeron el cambio de EEUU, de la más grande nación acreedora a la mayor nación deudora a escala mundial. El capital foráneo ingresado en la cuenta de capital ha financiado el desequilibrio macroeconómico El establishment político norteamericano ha sido el defensor de esta política, representando los intereses de las empresas transnacionales que buscan maximizar sus ganancias produciendo y exportando barato. Esta situación fue posible debido a que EEUU tiene un sector financiero más eficiente que el de China, importando ahorros chinos bajo la forma de capital a corto plazo, que luego transforma y reexporta bajo la forma de inversión extranjera directa. China mantiene un tipo de cambio subvaluado porque de este modo estimula sus exportaciones, que son la fuente de aprendizaje tecnológico y organizacional.
Esto ha provocado en EE.UU., como en el resto del mundo occidental, un proceso de desindustrialización a favor de los países asiáticos. Las demandas de la población al interior de los Estados Unidos con respecto a la pérdida de puestos de trabajo, ha generado que un porcentaje importante de la población reclame por un cambio de estas políticas, incentivando la producción local. Esto explica en cierta medida la llegada al poder de Donald Trump, que en su campaña defendió un discurso más proteccionista.
La guerra comercial emprendida por Trump desde su ascenso a la presidencia, tiene como principal objetivo solucionar el déficit en la cuenta corriente de EEUU, lo cual supone el establecimiento de fuertes barreras arancelarias, y una vuelta a cierto proteccionismo económico, lo que afecta principalmente a China, actualmente principal exportador del mundo. Muchos indican que la salida a la crisis del sistema financiero actual radica en reequilibrar profundamente las economías de los países con superávits. Los desequilibrios del comercio y del flujo de capital que subyacen a la crisis, son principalmente una consecuencia del modelo de crecimiento basado en la contención al consumo, adoptado por los países con superávits, en particular China.
Al contenerse el consumo en relación a la producción, se genera un aumento del ahorro. Si el ahorro doméstico excede a la inversión local en una economía abierta como la de China, ese ahorro excedente se va a dirigir a otros países en forma de exportación de capital neto. La compra china de bonos del tesoro estadounidense es un ejemplo de tal exportación. El Estado hace que los salarios crezcan mucho más despacio que la productividad, conteniendo así el crecimiento de los ingresos y el consumo de los obreros en relación con el aumento de la producción. Al mismo tiempo, el banco central chino interviene en el mercado de divisas para impedir que el yuan se revalorice, acompañando el crecimiento del superávit comercial. La moneda subvaluada beneficiaba a los exportadores, pero hace que el consumo local sea más caro.  Este modelo de desarrollo, produjo tasas de crecimiento extraordinarias mejorando rápidamente la infraestructura y creó un sector manufacturero internacionalmente competitivo, pero mantuvo contenido el poder de compra de los trabajadores.
La situación actual es consecuencia directa del proyecto neoliberal que iniciaron Reagan y Tatcher en la década de los 80, tras el fin del sistema de Bretton Woods. La desregulación de los mercados financieros en EE.UU. y Europa ayudo a preparar a estos países para la masiva absorción de capital extranjero como combustible para actividades especulativas. Considerando esto, es necesario entender que aunque el modelo de ahorro elevado y crecimiento orientado a la exportación de los países con superávits (China), es directamente responsable de los desequilibrios en los países deficitarios y del desequilibrio global en general, fue el giro neoliberal de EEUU en la década de 1980 el que estableció el escenario, permitiendo que funcionaran semejantes modelos de crecimiento. En la actualidad, la realidad comienza a escapársele de las manos al establishment político que defiende este modelo.

Donald Trump y Xi Jinping

El gobierno norteamericano comenzó ahora una nueva era donde el presidente Donald Trump  interpreta la realidad y lleva a cabo una suerte de “guerra comercial”.
En estos últimos años, la potencia del norte experimentó una notable caída del empleo, el consumo y la solvencia de gran parte de sus ciudadanos, cada vez más endeudados a fin de mantener sus niveles de vida. Estados Unidos ha venido ahorrando demasiado poco. Trump, como tantos de sus compatriotas, es inmensamente corto de vista. Si entendiera un ápice de economía y tuviera una visión a largo plazo, habría hecho todo lo posible para aumentar el ahorro nacional. Eso habría reducido el déficit comercial multilateral.
En las negociaciones llevadas a cabo por Trump y el mandatario chino, China se compromete a comprar mas productos industriales estadounidenses y no devaluar su moneda, para mantener un equilibrio en la competitividad. Sin embargo, el déficit estadounidense no ha disminuido y China no ha llevado a cabo esas medidas como se esperaba. Además, el robo y espionaje de patentes e innovaciones tecnológicas por parte de China ha tensado la relación en los últimos tiempos. Comienza a agudizarse así una guerra económica que infringe prohibiciones a empresas chinas como ZTE y Huawei de proveerse de artefactos necesarios para su fabricación, junto con la imposición de aranceles y demás medidas con el objetivo de equilibrar la situación.
Por último, a partir de 1999, el Gobierno chino dio un giro económico y político bajo el lema “Going global”, incentivando la inversión en el exterior de sus empresas para aprovechar las ventajas de la globalización. Esta sugerencia coincidió con la entrada del país en la Organización Mundial del Comercio y supuso el comienzo de una colonización progresiva de Occidente por parte de las compañías chinas. El plan para 2025 de China supone eliminar la competencia en materia de tecnología, lo que preocupa a las contrapartes en Europa y en Estados Unidos.

Características económicas de las dos potencias

Un escenario probable es que EE.UU. intente frenar el crecimiento de la hegemonía China con restricciones, sanciones, y cerrando sus mercados y el abastecimiento de recursos naturales para impulsar su potencial industrial, cómo viene ocurriendo en Venezuela o Tanzania, donde EE.UU. busca promover cambio de gobierno parte acorralar a Pekín.  Es de esperar que EE.UU. presione a  la Unión Europea y Japón para exhortar a Pekín con la intención de que abra mercado. Occidente vuelve a presionar para conseguir privilegios en el enorme mercado chino, intentando mantener el poderío de sus inversiones en el gigante asiático.

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