La tarea fundamental de los Estados es desarrollar políticas
públicas que mejoren el bienestar de las personas. Sin embargo, esto no ocurre
en la realidad, ya que gran parte de las decisiones de nuestras democracias
modernas están yendo en contra de nuestra calidad de vida. La implementación de
políticas públicas que llevan adelante los gobernantes, muchas veces reducen o
limitan los derechos adquiridos de la ciudadanía. Una evidencia clara de esta
situación es que en América Latina, la política fiscal llega a aumentar los
niveles de pobreza en seis países de la región. Es decir, el Estado recauda
dinero a través de los impuestos y los gasta en políticas públicas. En problema
radica en que hay más pobreza luego de que el Estado interviene en la sociedad
que antes de que lo haga. El Estado obtiene dinero a través del cobro de
impuestos y no es capaz de mejorar eficientemente la calidad de vida de la
mayoría de la población.
Una democracia que funcione correctamente no debería
permitir que esto se repita a lo largo del tiempo. La desigualdad en América Latina
y el Caribe solo puede explicarse por la falta de calidad democrática que
poseen los países.
Una de las causas más importantes de esta característica de
los países en la actualidad, y en particular de la región, radica en la
existencia de lobbies que responden a los intereses de los grandes
conglomerados económicos. La influencia política que poseen estas élites
económicas en los funcionarios y sus procesos de toma de decisión, genera una
suerte de cooptación del Estado para ponerlo a su servicio y no al de la
ciudadanía. Una cifra interesante muestra que el 75% de la población
latinoamericana piensa que se gobierna para unos pocos grupos poderosos. Esta
idea de que la democracia funciona solo para unos pocos ha aumentado desde la
crisis financiera de 2008. Este es un dato muy preocupante, ya que muestra que
cada vez hay más gente que cree que la democracia no responde eficientemente a
sus demandas. Un 65% de los y las latinoamericano/as dicen estar insatisfechos
con sus democracias.
La realidad es que América Latina y el Caribe es la región
más desigual del planeta en la distribución de su ingreso, a pesar de los
avances de los últimos años. Esto es particularmente importante, ya que la
desigualdad es un importante indicador de la calidad democrática.
Durante la década de los ‘80 y los ‘90, se llevó a cabo un ajuste
estructural que aplicó medidas como el recorte del gasto social, la privatización
de servicios públicos, la nacionalización de la deuda privada, la
liberalización del mercado laboral y la reducción de salarios. Luego de estas
dos décadas, América Latina y el Caribe alcanzaron su máximo nivel histórico en
desigualdad económica y pobreza.
Desde los comienzos del milenio, con la llegada de los
gobiernos denominados “progresistas”, se llevaron a cabo políticas que
contribuyeron a la disminución de la desigualdad en la región. En este periodo,
el boom de las materias primas facilitó el aumento del gasto público y la
inversión social. El aumento del salario mínimo, las políticas de lucha contra
la desigualdad de género, el impulso del empleo y la inversión frente a la
acumulación de capital en pocas manos, los impuestos a la renta y la riqueza, y
la protección social de calidad han probado que son capaces de reducir la
desigualdad y la pobreza. Sin embargo, la mayoría de estos gobiernos no han
buscado generar transformaciones radicales en la distribución del ingreso,
manteniendo muchos aspectos claves de la concentración del capital en pocas
manos y el desarrollo de ciertas políticas de corte neoliberal. Ha habido un
aumento del peso de los impuestos al consumo con respecto a los impuestos
a la renta o la riqueza en la estructura tributaria de la región. Esto queda evidenciado en numerosos estudios, que indican que en el año 2000, el 1% más rico de América Latina y El Caribe concentraba el 33% de la riqueza de la región. Para el año 2017, esta concentración pasó a ser del 37%. El número de billonarios en la región se ha más que triplicado y la fortuna acumulada de este grupo creció de 59 a 440 billones de dólares, es decir, un crecimiento del 596%, mientras que los ingresos de las mayorías disminuyó.
a la renta o la riqueza en la estructura tributaria de la región. Esto queda evidenciado en numerosos estudios, que indican que en el año 2000, el 1% más rico de América Latina y El Caribe concentraba el 33% de la riqueza de la región. Para el año 2017, esta concentración pasó a ser del 37%. El número de billonarios en la región se ha más que triplicado y la fortuna acumulada de este grupo creció de 59 a 440 billones de dólares, es decir, un crecimiento del 596%, mientras que los ingresos de las mayorías disminuyó.
Estos gobiernos no tocaron las importantes causas
estructurales de la pobreza y la desigualdad, como el patriarcado, el extractivismo, la corrupción, la
precariedad laboral o la extrema concentración de riqueza en las manos de unos
pocos. Esto ha marcado los límites impuestos a los gobiernos progresistas.
Los niveles de desigualdad y la insatisfacción ciudadana con
el funcionamiento de la democracia, se entiende debido a la existencia de
lobbies que cooptan las instituciones democráticas para impulsar políticas que
mantienen la posición privilegiada de dichas élites.
Entendiendo la importancia de la redistribución, la política
fiscal es el principal instrumento del Estado para enfrentar la desigualdad. La
forma en que se recauda puede hacer que paguen más los que más tienen,
consiguiendo así reducir la desigualdad del ingreso.
El potencial de dicha reestructuración de los impuestos, es
más eficiente si se articula con la implementación de otras políticas, como la
promoción del trabajo, la política industrial o productiva, así como las
políticas sociales. Ante ésta alternativa, podemos confrontar el modelo actual
del gobierno de Macri. La estructura de los impuestos se ha vuelto aún más
regresiva y ha agudizado la crisis económica y social del país. El aumento de
las tarifas de los servicios como la luz y el gas, junto con el aumento del
transporte público, dentro del actual contexto de recesión económica, están
provocando los conocidos “cacerolazos”. Movilizaciones y protestas llevadas a
cabo por la ciudadanía comienzan a manifestarse como resultado de la falta de
calidad democrática, que permite que se ponga al Estado y a sus instituciones
al servicio de intereses que no son los de la gente, sino los de los más ricos.
Según la CEPAL, en los países de la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), las transferencias directas en
efectivo, el impuesto sobre la renta y las cotizaciones a la seguridad social reducen la desigualdad de ingresos un 36%; mientras que
en la región solo reducen un 6% la desigualdad.
En todos los países, los rubros que mayor impacto tienen en
la reducción de la desigualdad son el gasto en educación y salud (5% promedio),
seguido de los impuestos y transferencias directas (2.7% promedio).
La incapacidad de los gobiernos de generar transformaciones
democráticas que mejoren nuestra calidad de vida comienza a notarse fuertemente
hace unos años. La pobreza está volviendo a aumentar. En 2014, el 28.5 % de la
población de la región se encontraba en situación de pobreza, y en 2016 el porcentaje
ascendió hasta el 30.7 %. La pobreza extrema pasó del 9 % al 10.2%.
En este contexto, los nuevos gobiernos de la región han
vuelto a implementar las viejas recetas fracasadas como las políticas de
austeridad (ajuste), la liberalización laboral o la privatización de los
servicios públicos. El diseño del sistema tributario ha beneficiado entonces a
los que concentran la riqueza, y perjudicado a la mayoría de personas que
consumen lo poco que tienen en productos básicos para la vida.
De esta manera, y ahora intensificado por la actividad
financiera y el endeudamiento externo, se genera un sistema de robo, que extrae
el dinero a las clases medias y bajas, y lo transfiere a los grupos económicos
más poderosos.
Necesitamos mejorar nuestras democracias y nuestras
instituciones. La ciudadanía deberá encontrar la manera de presionar a los gobiernos
para que éstos busquen llevar a cabo sus demandas y no los intereses de los
grandes empresariados y conglomerados económicos. Mientras el pueblo no se
exprese concretamente y diga “basta” a ésta situación, siempre de manera
pacífica, como punto primordial para el desarrollo de nuestras democracias, los
gobernantes continuarán priorizando los intereses de los más poderosos,
aumentando los impuestos que destrozan nuestra calidad de vida y realizando
políticas económicas de ajuste.
Por ahora, los incipientes cacerolazos son una expresión
parcial de estas demandas. Veremos en los próximos meses si la ciudadanía
logrará unirse frente al avasallamiento de sus derechos, buscando
transformaciones estructurales que mejoren nuestras democracias, la transparencia
y la rendición de cuentas al pueblo para un mejor desarrollo futuro de nuestra
sociedad en su conjunto.
Fuente:
Democracias capturadas: El gobierno de unos pocos, Rosa Cañete Alonso, Osfam, Clacso.
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